Calificar a Jacinto Molina -su verdadero nombre- como el Lon Chaney español
es restar méritos a un cineasta que escribía sus guiones, levantaba la
producción y dirigía y actuaba en sus filmes. Molina nació en Madrid en
1934, y antes de dedicarse al cine -una pasión que le surgió cuando vio
Frankestein y el hombre lobo-, fue dibujante y levantador de
pesas. En 1960 empezó en el cine, en películas en las que él empezó
poco a poco a sacar partido a su talento. "Ahora hay un exceso de
tecnología, y no es nada bueno. Yo estoy harto de efectos especiales,
que además no dan ningún miedo. El miedo de verdad lo provoca el ser
humano, que es mucho más pavoroso que cualquier bicho gigante generado
por ordenador. En eso School killer es una película más bien
artesanal. Y una película de actores", aseguraba en el estreno de ese
filme en 2001. Naschy logró la fama mundial gracias a su personaje del
doctor Waldemar Daninsky, el hombre-lobo que arrancó en 1968 su mítica
saga sobre el licántropo con La marca del hombre lobo.
Dirigió
14 películas, escribió más de 40, actuó en casi 100... Defensor del
terror, apasionado de su trabajo, Molina aprovechó el resurgir de este
género en España: los nuevos valores le llamaron para aparecer en
películas como School killer, Rojo sangre, Rottweiler...
"En España hubo dos décadas doradas para este tipo de cine, cuando la
dictadura empezó a decaer, pero luego se cargaron la industria y el
género a base de leyes elitistas y empezaron a hacer películas
metafísicas tremendamente aburridas, puro onanismo mental. A mí me
gusta el cine para soñar y ejercitar la imaginación, no para revivir
los problemas de cada día". Así eran sus películas, filmes hoy míticos
como La noche de Walpurgis (la mejor de la saga de Daninsky).
En los ochenta insistió en sus temas favoritos -Inquisición, El retorno del hombre lobo, El caminante, Latidos de pánico-, así como en temas lindantes con lo macabro -El huerto del francés, El último kamikaze-, e incluso dramas realistas -Madrid al desnudo-.
Su colaboración con empresas productoras japonesas le llevó al terreno
del documental cultural, así como a largometrajes de fantasía y horror
marcados por las preferencias niponas como La bestia y la espada mágica.
Sin
embargo, a pesar de que luchaba porque se reconociera su figura en
España, Molina tampoco se quedó anclado en su pasado. Famosísimo en
Japón y Estados Unidos, en el año 2000 había mejorado suficientemente
su inglés como para plantearse ir a rodar a Hollywood -llegó a filmar Lágrimas de sangre y State on mind-. Por actuar, trabajó hasta en el primer filme dogma
español. Entre los múltiples reconocimientos, entró en el Hall of fame
del cine fantástico y de terror, recibió el premio Carl Lammle junto a
Janet Leight y el director y productor Roger Corman, y fue homenajeado
en los dos grandes certámenes de su cine: el Fantasporto de Oporto y el
de Sitges.
El próximo 22 de enero se estrenará su última actuación, La herencia Valdemar, y será buen momento para disfrutar de la pasión de un creador singular.
Fuente: Europa Press y El País
Fotografía: EFE


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